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Historias de ayer,de hoy de mañana

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Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Lun Ago 17 2015, 15:53



latiendo como el sol

Se mudó al departamento de al lado hace ya unos meses, pero nunca la he visto. Su baño está pegado a mi living, así supe que canta temas de Shakira cuando se ducha. Siempre las mismas estrofas, empieza despacito para calentar la garganta, después larga unos alaridos a todo pulmón que perforan las paredes endebles que nos separan. Mi vecina se ríe mucho, con unas carcajadas afónicas que destemplan la tranquilidad de vivir casi en una nube: piso 26, mirando al Jardín Botánico y detrás un exiguo segmento del río.

A su regreso, en cuanto abre la puerta, se acaba el silencio. Habla por teléfono, silba, y se oyen golpes como si tropezara con los muebles o se le cayeran objetos al piso. Creo que vive sola igual que yo y, sin entrar en detalles porque soy un caballero, están los sonidos de los fines de semana por la tarde. El dormitorio de Shakira da a mi cocina, y un domingo a eso de las cinco, fui para prepararme un té, cuando en la quietud irrumpió una catarata de gemidos, que fueron in crescendo hasta terminar en un grito estentóreo, cuyo eco vibró en el aire largos segundos. Al echar el agua en la taza, mi mano temblaba ostensiblemente.

Lo desaforado de la situación me hizo acordar la escena de una película en la que la actriz hace una demostración pública de un simulacro de goce, tan bien actuado que deja boquiabiertos a los presentes. Con las mujeres nunca se puede estar seguro. Sin embargo la ceremonia de los fines de semana se perfeccionó en calidad y cantidad y no me quedó duda de que lo que allí ocurría era auténtico. Por más que pusiera el compact de Aída y subiera el volumen del equipo al máximo, el virtuosismo de las trompetas en la Marcha triunfal era opacado por el clímax de Shakira.

No soy un puritano, en mi juventud, allá por los años 50’, fui un calavera*, como se decía entonces. Quizás en mis tiempos había más mesura y discreción, aunque esa época es tan remota que no sé si es cierto. Sí afirmo que las paredes de las casas eran mucho más gruesas.
Aprendí de memoria los estribillos de Shakira. Mi melomanía se circunscribe a la ópera, pero con el correr de los días encontré que ponían una nota alegre y estimulante a la asepsia de mi vida silenciosa de viejo solterón. En mi fantasía su figura creció en una mezcla de Sophia Loren y Anita Ekberg. Mi vecina se convirtió en un personaje exuberante de alguna película de Fellini que imitaba a Shakira. Pasé del fastidio a cierto grado de animación; cuando ella volvía, aportaba una oleada joven, viva, grotesca y entrañable a la vez. Me hubiera gustado conocerla, intercambiar frases banales, de vecinos, pero no nos cruzábamos en el palier. En oposición a mis rutinas, sus horarios eran caóticos. Una tarde que salía de mi departamento, sólo alcancé a ver la fugacidad de una sombra tragada por el ascensor. En otra oportunidad, mientras lo esperaba en el palier, escuché que hablaba por teléfono. La voz se acercaba y se alejaba, su tono era entrecortado, sin gritos ni risas.

Como es común que pierda la noción del tiempo, no sé si transcurrieron días o semanas hasta que me di cuenta de que había vuelto el silencio. No hubo más sonidos a la hora de la siesta, tampoco el canto en la ducha, sólo quedaron los ruidos de la puerta cerrada de un golpe o una silla que choca contra las patas de la mesa. El júbilo había cesado, un aire triste se esparció como cenizas en el piso 26.

A pesar de mi habitual prudencia no pude aguantar y le pregunté a Luis, el portero, si conocía a la chica del 26 C. Él, franeleando los vidrios del hall, me dijo:

—Sí, hace cerca de un año que compró el departamento. —Me miró con sus ojos oblicuos y preguntó—: ¿No la vio nunca?

—No, todavía no nos encontramos.

—Con razón, porque no es ninguna piba, debe pasar los cincuenta.

—Ah… —no pude agregar nada más debido al desconcierto.

—Vive sola, es contadora, muy amable —Luis siguió por su cuenta aportando información—. Es viuda, pero creo que tiene algún tipo de relación con un señor distinguido, lo vi varias veces, hace tiempo que no viene.

—Ella, cómo es, físicamente quiero decir —la pregunta me salió sin que pudiera controlarme.

—Y… qué le voy a decir, no es gran cosa: petisita, flacucha —dijo Luis, que por suerte se había agachado para frotar la parte baja de los vidrios y no vio que mi cara se tornaba granate.

—Antes era más conversadora, se reía, hacía bromas —continuó—, ahora saluda, algún comentario sobre el tiempo y de ahí no pasa.

—Claro, claro ¿Y la vio últimamente?

—Justo anteayer me preguntó si conocía a alguien del edificio interesado en comprar el departamento. Me parece que se traslada a Córdoba.

Esa mañana fui a caminar por el Botánico y en contra de mis costumbres me senté a tomar un café. Estábamos en primavera y el verde de las plantas era un agasajo para la vista, pero ese despliegue de la naturaleza me llegaba empañado, como si hubiera sufrido una desilusión o una pérdida.

El estrépito que venía desde el palier me informó que ése era el día de la mudanza. Me aposté detrás de la puerta con el ojo puesto en la mirilla. Shakira, con su voz afónica, daba instrucciones precisas a los de la mudadora para que no le arruinaran el tapizado del sillón. Les indicó que la esperaran abajo mientras hacía una última recorrida. Me puse el saco a los apurones y salí al palier. Shakira cerraba la puerta con llave. Juntos esperamos el ascensor.

—Buen día —le dije.

—Hola —respondió sin mirarme y haciendo tintinear las llaves.

Soy de altura promedio y su cabeza me llegaba al hombro, con el pelo corto, sin volumen, de un rubio lavado. Tenía puestos unos jeans y una musculosa que le descubrían unos bracitos anémicos.

Ya en el ascensor, para romper el silencio, dije:

—Después de todos estos meses nos conocemos recién el día que se va.

—Sí, la vida en Buenos Aires…

Dejó la frase inconclusa y levantó la cabeza. Vi los ojos más extraordinarios que recuerde, como aguamarinas con brillos de ámbar, pero con una mirada tan melancólica que me turbó. Llegamos a la planta baja.

—Adiós y suerte con su nueva casa —me despedí.

—Gracias, voy a extrañar las hermosas óperas que usted escuchaba —agitó la mano y se fue hacia el camión de mudanzas.

Eran las doce, hacía calor y yo con el saco puesto; en el apuro había olvidado de llevar el bastón, pero igual me encaminé hasta el shopping para comprarme un compact de Shakira, e iba tarareando “latiendo como el sol, mi corazón no tiene edad… tralala… este es un día especial, uhuh uhuh, quiero creer en otra oportunidad…”
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Ago 18 2015, 22:59



LOS RECUERDOS DE LA LLUVIA

Entró, se dirigió a su dormitorio, cogió abrigo y se cambio de zapatos, unos cómodos y abrigados, fue a la cocina y cogiendo una botella de agua la metió en su mochila, abrió la nevera y haciéndose con una manzana la metió igualmente en la bolsa, cogió sus llaves, su cámara de fotos y salió a la calle, miro a un lado y a otro, no recuerda donde dejó el coche......, en la esquina, corrió bajo la lluvia tapándose la cabeza con el gorro del anorak mientras abría la puerta del coche , se metió rápido en el vehículo y cuando estuvo dentro echo el gorro hacia atrás salpicando el respaldo del asiento, respiró hondo y estuvo un rato viendo como caía la lluvia, "me gusta la lluvia pero no justo cuando salgo a caminar y hacer fotografías", aunque reconocía que también tenía su encanto las fotos de un día de lluvia, pero su cámara fotográfica no era tan buena cuando la luz solar se escondía, "era una cámara de luz" solía decir, aunque en el fondo sabía que era solo una buena disculpa, sobre todo ante sí misma, disculpa o consuelo, según como se mire.
Al final lo que iba a ser una caminata captadora de imágenes se convirtió en una velada de reflexión personal, una excursión por el terreno hondo que tan bien conocía, "la lluvia, la lluvia siempre la lleva por el mismo camino, el del recuerdo una veces, el de la nostalgia otras, el de la reflexión tampoco queda atrás, mientras no fuera el de la tristeza todo iba bien, aunque es raro que se deje llevar por éste último, desde muy pequeña la lluvia fue una dulce, alegre y excelente compañía, jugó, aprendió, creció, soñó y hasta se transportó a otros mundos bajo sus gotas frescas, naturales y limpias, la lluvia nunca fue motivo de malos recuerdos ni de pérdidas, al contrario siempre se dibuja una sonrisa en su cara cuando el agua cae desde las nubes, le gusta su música, esa música del agua que suena a risa de niño pequeño,ese deseo del calorcito de recogimiento mientras te refugias de ella, o ese inmenso sentimiento de libertad que se siente cuando "te enfrentas" a ella abriendo los brazos, mirando al cielo con los ojos cerrados sintiendo el chapoteo de las gotas golpeando sobre tus mejillas, tus ojos, y tu dientes, porque cuando lo haces siempre sonríes.........la lluvia ha llegado a ser como una amiga que se va de viaje y cuando vuelve te trae recuerdos y alegría......esperanzas y una buena carga de "combustible" para soñar.
Cuando se dio cuenta estaba, donde siempre, frente al mar, había aparcado su coche frente a la marea y observaba el chisporroteo del agua salada golpeada por las gotas de lluvia, sentía mucha paz, la relajaba esta visión y el sonido que producía el golpeteo de la lluvia en el techo de su coche, se sentía transportada a su niñez, podía casi sentir el calor del cuerpo de su abuela cerca de ella mientras pasaba su mano por su pequeña cabeza simulando buscar, y entonces, se reconciliaba con el mundo pero sobre todo con esa niña que llevaba dentro y ni los "mas caros o exóticos inventos mundanos" podrían hacerle sentir de esa forma...........,la lluvia va amainando poco a poco, dejando el ambiente fresco y limpio, el olor a tierra mojada lo llena todo, y los charcos, esos océanos que de pequeña hicieron volar su imaginación hasta separarla de este mundo, vagando por otros de fantasía y ternura y de lugares donde solo reinaba el amor y la risa, la risa limpia que te causa el efecto de la mas sublime de las "drogas" y que te hace ver la vida como una bendición y un regalo. No solo ha escampado, sino que además empieza a salir un sol esplendido y luminoso y es ahora cuando mejor puede aprovecha para hacer esas fotos, no caminara, no están los caminos como para eso pero desplazándose en coche buscara las imágenes "perfectas" para inmortalizarlas, no era suficiente con hacerlo en su retina, aunque como siempre, quedarán en el recuerdo, siempre.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Ago 19 2015, 15:27



Hay historias de amor, que a veces supera la barrera de la comprensión si no se vive desde dentro. Esta es una de ellas.

En algún lugar una mujer abandona su tierra para vivir una historia de amor, allí, vive los mas maravillosos momentos de su vida durante un tiempo. En algún momento, algo pasa, algo que ella desconoce, y comienzan a sucederle una serie de situaciones dramáticas, se vio sola, abandonada, sin tener a donde ir, tuvo que vivir de la bondad de unas personas que amablemente la acogieron, paso frío, tuvo noticias de el en aquellos momentos, pero no entendía mucho mas y se sentía muy sola, seguía confiando en el, amándolo y esperando su regreso. Un día

decide irse a otro lugar, para poder tener una mejor calidad de vida, pero no fue lo que esperaba, ya que lo que le toco vivir, fue mucho peor, su amado volvía de vez en cuando, pero seguía sin tener nada, estuvieron de un lado a otro, hasta que por fin encontraron lo que seria su hogar soñado. Pasaron un tiempo medianamente feliz y tranquilo, hasta que tuvo que irse de allí porque nuevamente se sintió abandonada, por las largas ausencias de su amor. Regreso a su tierra, se sentía desgraciada, pensaba que tolo lo que había hecho, no había servido para nada, seguía amándolo profundamente , pero no tenia otra opción. De nuevo el apareció en su vida, ella, claro esta, lo recibió con mucho amor, porque a pesar de todo lo que había sufrido, su amor era lo mas importante, el, le renovó sus promesas, y ella pensaba que había llegado la hora de ser feliz. Pero nuevamente desaparece, ella piensa que no volverá, así que decide recomponer su vida, se llena de fuerza y busca otro corazón para refugiarse, lo encuentra, pero no es o que ella pensaba, y no puede seguir adelante porque seguía enamorada, en su corazón no cabía otra persona solo su gran y único amor que aunque en la distancia ella esperaba porque es su gran amor, al gran amor de su vida. El se entera de esa relación por ella misma y nuevamente vuelve, y ella vuelve a recibirlo, confiaba ciegamente en el, sin saber, que estaba pasando, creyendo a pies juntillas sus argumentos. Hoy siguen viéndose de vez en cuando, pero el inmerso en proyectos que le ocupan la mayor parte de su tiempo, apenas tiene tiempo para ella, pero ella sigue ahí esperando que llegue el día prometido, el día en que por fin vuelvan a estar juntos para siempre.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Ago 19 2015, 22:39



Una noche de tormenta, hace ya bastantes años, un matrimonio mayor entró en la recepción de un pequeño hotel en Filadelfia. Se aproximaron al mostrador y preguntaron: "¿Puede darnos una habitación?".

El empleado, un hombre atento y de movimientos rápidos, les dijo: "Lo siento de verdad, pero hoy se celebran tres convenciones simultáneas en la ciudad. Todas nuestras habitaciones y las de los demás hoteles cercanos están ocupadas”. El matrimonio manifestó discretamente su agobio, pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo tan horroroso pudieran encontrar dónde pasar la noche. El empleado entonces les dijo: "Miren..., no puedo dejarles marchar sin más con este aguacero. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré con el sillón de la oficina, pues tengo que estar toda la noche pendiente de lo que pase”.

El matrimonio rechazó el ofrecimiento, pues les parecía abusar de la cortesía de aquel hombre. Pero el empleado insistió con cordialidad y finalmente ocuparon su habitación. A la mañana siguiente, al pagar la estancia, aquel hombre dijo al empleado: "Usted es el tipo de gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya uno para devolverle el favor que hoy nos ha hecho". Él tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente.

Pasados dos años, recibió una carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un billete de ida y vuelta a New York, con la petición expresa de que por favor acudiese. Con cierta curiosidad, aceptó el ofrecimiento. Después de un breve recorrido, el hombre mayor le condujo hasta la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34, señaló un imponente edificio con fachada de piedra rojiza y le dijo: "Este es el hotel que estoy construyendo para usted". El empleado le miró con asombro: "¿Es una broma, verdad?". "Puedo asegurarle que no", le contestó. Así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente, de nombre George C. Boldt.

Es evidente que Boldt no podía imaginar que su vida estaba cambiando para siempre cuando tuvo el detalle al atender cortesmente al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa en Filadelfia. Pero lo sucedido es una muestra de cómo servir a los demás es algo que siempre tiene un buen retorno, sobre todo cuando uno no lo busca ni lo espera.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Vie Ago 21 2015, 23:07



Cuando a Elsa la llamaron para ir a trabajar a aquella empresa poco se imaginaba que aquél día no iba a empezar únicamente una carrera profesional. Iba a entrar en el intenso, apasionante y complicado mundo de los amores imposibles. Y es que allí estaba él, su recién estrenado compañero de trabajo que le dio la bienvenida, le enseñó la empresa y se convirtió desde ese preciso instante en su historia de amor.

Jugando con el amor

Miguel sonreía de una forma especial, resplandecía, aunque Elsa no sabía si esas sonrisas se las dedica a ella en exclusiva o a todos los demás. Lo mismo daba, le bastaba con cruzarse de vez en cuando unas miradas. De las miradas pasaron a compartir charlas en la hora del café, en el almuerzo y hasta se quedaban un rato más después del cierre con alguna excusa estúpida. Luego llegarían los besos.

Porque Miguel pensaba que estaba conociendo a la mujer más maravillosa del mundo. Y no dudaba en encontrarse con ella en cualquier momento, rozar un instante su brazo y dedicarse una sonrisa cómplice. Un flirteo en toda regla entre dos personas que se atraían que anunciaba claramente una bonita historia de amor. Pero siempre hay algún pero.

Miguel era un hombre casado. Se lo dijo a Elsa el segundo día de trabajo, cuando se dio cuenta que no iba a poder resistirse al encanto de esa mujer maravillosa. Un ataque de honestidad pasajero. A Elsa no es que no le importara que ese príncipe azul que había estado buscando durante tanto tiempo estuviera casado, es que no podía evitarlo; apostó por el corazón, apostó por el amor y se dejó llevar.

Decisiones fuera de plazo

La bonita historia de amor se convirtió en un amor prohibido disfrazado de amistad. Y así pasaron los años, amándose en secreto, mintiendo a la esposa, a los amigos, a los compañeros, a la familia. Y esas mentiras no ensuciaban para nada lo que ambos sentían, ni los momentos de pasión que aprovechaban al máximo, si acaso reforzaban su historia de amor.

Cuando Miguel anunció que su mujer estaba embarazada, Elsa creyó que moría y que esa historia había llegado a su fin. Un hijo mantendría el matrimonio unido, Miguel nunca se divorciaría. Así que se propuso dedicarse a ella misma, empezar a construir una vida de verdad, sin secretos, sin mentiras, encontrar un amor que pudiera gritar. Y así lo hizo, aunque no podía evitar seguir con los encuentros clandestinos que le daban la vida.

Y el amor llegó para Elsa al mismo tiempo que Miguel tomó la decisión más importante de su vida. Se divorció de su mujer sin decirle nada a nadie, mientras Elsa disfrutaba de un nuevo amor a la luz del día. Y mientras su deseo por Miguel iba disminuyendo, Miguel se volvía loco pensando que tal vez se había decidido demasiado tarde. Así fue, porque, como siempre había hecho, Elsa volvió apostar por el amor. Y Miguel volvió a quedarse solo.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Sáb Ago 22 2015, 10:28




Cada mañana, al sacudir y estirar las sábanas, siento una pérdida: la de los sueños que todavía se demoran entre los pliegues de la tela. No volveré a recuperarlos, aunque sé que vendrán muchos otros. Soy una soñadora obstinada.

Los que recuerdo son escasos, de ellos perdura una sensación imprecisa y apenas me despabilo se esfuma en el trajín diurno.

Debido a los estados de ánimo por los que fluctúo, empecé a unir los retazos más persistentes, que se habían anclado en la memoria como supérstites inclaudicables. Desde entonces se ha vuelto una ceremonia y obtengo narraciones surrealistas, difíciles de interpretar. Coso los fragmentos con la sutura de las palabras que me inspiran y he armado una especie de manta, con la que me abrigo durante los inviernos del alma.

Se lo conté a él; levantó los ojos del libro y me miró. Dos líneas le partían el entrecejo y edificó, músculo por músculo, una sonrisa que manifestaba la fatiga de su indiferencia.

Cuál es la finalidad, preguntó. Me arrepentí de habérselo compartido. No le di explicaciones, solo me encogí de hombros. Ya no teníamos ese lazo sutil que nos había acercado y que ahora nos sujetaba en una trampa.

Sigo acopiando lo que no olvido al despertar. Noche a noche la manta se alarga con su dibujo críptico. En el mundo real me veo como una loba solitaria que mira recelosa por encima de su hombro. En los sueños ocurre lo contrario, siempre estoy rodeada por una multitud de desconocidos. Muy de tanto en tanto aparece alguien del pasado.

Pocos me quieren o me aceptan. En el ámbito onírico me importa aún menos. Me muestro sin vacilaciones, con el protagonismo de una emperatriz. Voy y vengo por intrigas que olvido en cuanto despierto. Lo que permanece es la sensación de haberlas atravesado y de salir indemne, victoriosa.

Rara vez amanezco angustiada como me ocurría en una época, sí con la percepción de enriquecimiento de quien descubre el reverso de la medalla que, de tanto ignorarlo, se ha adherido de tal modo al pecho que ya no se lo puede dar vuelta.

Él, y muchos de los que conozco, buscan la felicidad con desesperación, casi con rabia, mientras yo hurgo apaciblemente en la tristeza. Y la felicidad que ellos anhelan es la fuente de mi congoja. Los observo y capto en los ojos de todos —también en los suyos— la sospecha de que en mí anida cierta insania.

Los sueños me liberan, camino por sus meandros sin temores, salgo fortalecida y dispuesta a ignorar las miradas reales, tan de carne voraz.

A él, hace tiempo que he dejado de soñarlo.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Ago 25 2015, 13:18



Angelito de hollín

Descubrió en su madre la faceta discriminadora el día de su comunión, un 8 de diciembre cálido, tan poco propicio para los guantes blancos, el velo y la falda hasta los tobillos. El comentario que hizo la madre después de la ceremonia religiosa, le provocó ira y congoja en un día en el que debía prevalecer la serenidad, el gozo. Y como Piera solía hacer en esa época, se adjudicó la culpa, tanto por su enojo como por las palabras de su madre. Acababa de recibir a Jesús y se sintió una pecadora.

Al despertar lo primero que vio fue el vestido sobre una silla, deslumbrante en su blancura, esperándola. No le gustaba, demasiadas alforzas, cintas de raso, la vaporosidad del organdí.

Antes tuvo que ponerse una enagua larga de tafeta. Su sensación era la de estar cautiva en una cárcel inmaculada, suave, que, sin embargo, la mantenía prisionera en lo que más detestaba: las apariencias, justo ella, que buscaba ser la niña invisible. Hubiese preferido el vestidito rosa de algodón, destinado para las grandes ocasiones que nunca iban a llegar, la familia vivía en el nuevo país como en un destierro.

Los catequistas congregaron a todos en el patio del colegio, contiguo a la iglesia. Allí estaban las demás compañeras vestidas como novias, en un festín de tules, organzas y gestos de protagonistas de un desfile de modas. En un costado se amontonaban los varones, rígidos en sus trajes oscuros y con el moño blanco en el brazo.

Los formaron por estatura y de a dos. A Piera le tocó Yael de pareja, el único chico negro del grupo y del barrio. Entraron por la nave central de la iglesia y se fueron desplegando, como alas blancas y azules a medida que ocupaban los bancos: las nenas en los de la izquierda, los varones en los de la derecha.

Padres y parientes se aglomeraban en los pasillos laterales y hacían gestos discretos para ser identificados. Piera distinguió a su madre. Del cuarzo celeste de los ojos parecía brotar una sombra, como si fuese humo. Se preguntó si se habría ensuciado el vestido o si tenía el velo torcido.

Después de recibir a Jesús (para Piera no era ni Cristo ni Dios, era Jesús, el buen pastor, el que decía dejad que los niños vengan a mí) y terminada la misa, volvieron a salir en fila, Piera junto a Yael, en una coreografía perfectamente sincronizada.

Su madre apenas la rozó con un beso y le dijo, como si mordiera cada palabra, justo al negrito te fueron a poner de compañero, qué mala suerte. El padre, como si no estuviese presente, permaneció amurallado en su silencio.

Durante el almuerzo Piera sintió que la alegría del festejo se había escondido debajo del mantel, avergonzada. Los invitados, escasos y todos mayores, hablaban de otros tiempos, otros lugares. La penitencia que se impuso fue no probar ni una migaja de su postre favorito, ir a la cocina, y mientras los adultos tomaban café, lavó la vajilla. Desde el comedor venían risas y la voz de la madre recordando la entrada a la iglesia. Decía que nunca había visto en el barrio a un negro africano, la mayoría eran morochitos con cara de indios y venían del interior. Uno de los presentes dijo, no entendió bien qué cosa, sobre Brasil y lo último que oyó de su madre fue lo mal que se habrá sentido Pierina.

Salió al patio y barrió con furia las baldosas impecables. Mientras lo hacía, Piera pensó en Nidia, la hermana mayor de Yael, que debía tener unos veinte años y era catequista. Yael exhibía la fragilidad de alguien con huesos de vidrio, apenas cubiertos por la magritud de una piel que parecía hecha de hollín. Desprendía algo irreal, como si fuera más espíritu que materia. En cambio Nidia ostentaba una gordura maciza, que la asemejaba a una elefanta preñada.

Piera estaba en el grupo del padre Hans y le costaba entender su castellano germanizado. Cuando el cura le aconsejó que repasara con Nidia los puntos del Catecismo que no entendía, Piera se asustó. De inmediato descubrió que el cuerpo enorme y oscuro albergaba una paloma. Cada vez que se despedían la abrazaba con delicadeza contra su panza y le decía: viste, no es tan difícil. Piera sentía que Jesús le hablaba por la boca de Nidia.

Guardó la escoba; por la puerta abierta vio a la madrina y a otro invitado poner unos billetes en la bolsita de organdí que hacía juego con el vestido y colgaba de una silla.

Se fue hacia el jardín del fondo a charlar con Jesús. En ese entonces era su costumbre, con el paso de los años el dogma religioso se volvió un cuento de hadas y la iglesia otra de las formas del poder. Jesús no se alejó por completo, se quedó sin su parte divina, solo como un hombre que quiso cambiar algo en el mundo mediante el amor y había muerto por sus convicciones.

Esa tarde del 8 de diciembre Piera se sentó bajo el limonero, lugar de sus confidencias, le pidió perdón por la ira de ella, la soberbia de su madre y sonrió al recordar que cuando vio que sería la compañera de Yael, lo había tomado de la mano y así, unidos, habían entrado a la iglesia.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Ago 25 2015, 13:19




A través del fuego

Se lo conté, él no me creyó, ni cuando le dije que iba a mostrarle los recortes de los diarios. Están guardados, apenas me sienta mejor los voy a buscar. Tenía trece años entonces, imagínate, toda una vida. Mejor dicho: toda mi vida, qué desperdicio. Él no lo sabía. Vos tampoco, hija, nadie de acá lo sabe, los que lo saben están muertos o se quedaron en el pueblo y ni lo recuerdan. Lo callé, no quería que pensaran que me mandaba la parte.

Y los recortes también habrán tomado el color de lo viejo, así como yo me llené de arrugas y de canas. Deben estar en el bolso donde guardo tantos cachivaches, mis recuerdos, no sé para qué. Bueno, al final son pedacitos de mi vida y me da pena tirarlos. Los junto y los meto en ese bolso que traje cuando vine a Buenos Aires. Está arriba del ropero, hace un montón que no lo bajo, entre el reuma y que engordé no puedo andar subiéndome a una silla.

Espero que vos me creas si te digo que mi nombre apareció publicado en los diarios, con foto incluida: “Paulina Robles, que a los trece años…” No me mires igual que tu padre, él puso esa misma cara, con los ojos oscurecidos por el desprecio y el alcohol, ahora que se le dio por tomar de nuevo.

Como lo estás oyendo: salí en los diarios y en un noticiero de televisión que conducía una periodista con doble apellido, de moda en esa época. Ella viajó hasta el pueblo, me hizo una entrevista y dijo que era una heroína de trece años. Nosotros no teníamos tele y no pude verme. A cada pregunta me ponía más colorada, miraba la punta de mis alpargatas y ella, para tranquilizarme, me acarició el flequillo, imposible de acomodar con este pelo duro y lacio que Dios me dio. Las palabras se me atragantaban, terminé moviendo la cabeza para decir que sí o que no y ella dijo a la cámara que era una chica muy introvertida. Fijate cómo me acuerdo de una palabra tan difícil, hoy todavía no sé bien qué quiere decir. La repetí varias veces, así no me la olvidaba.

En el colegio pasaba de grado raspando, la maestra decía que vivía en las nubes, que hubiera podido rendir más. En Lengua me esmeraba, mi sueño era ser secretaria, atender el teléfono, escribir cartas a máquina, usar trajecitos y zapatos con taco aguja, esa fue mi ilusión. Tampoco lo sabías. De mis cosas no hablo, introvertida querrá decir eso. La palabra sonó importante y me hizo creer que era distinta a la gente del pueblo. Sin la sensación de no encajar en ningún lado que tuve siempre, sólo distinta, en un sentido lindo, y por qué no, con un destino mejor.

Estoy cotorreando demasiado, lo sé, el médico dijo que no debía agitarme, sé que me van a llevar al hospital. Nadie me lo dijo. Lo sé y basta. Antes de que venga la ambulancia me gustaría contarte lo que hice a los trece años. Por lo menos que uno de mis hijos lo sepa.

De chica te parecías a mí, después cambiaste, te fuiste, hiciste tu vida. Yo también me largué del pueblo a los quince con la prima Fanny, que era mayor. Como te decía, mi sueño fue ser secretaria, hablar por teléfono, que para los que veníamos del campo era un aparato mágico, servir el café a los jefes, usar tacos altísimos, igual que las actrices de las viejas películas que vi en el cine de la parroquia. Qué hermosas: el pelo con ondas y unas increíbles cinturitas de avispa. Claro, a mí los trajes entallados no me hubieran quedado bien, ya de piba tiraba a retacona, pero los sueños, como las películas de la parroquia, eran gratis.

¿Ves? Perdí el hilo, siempre me costó contar algo. Los recortes de diario, sí, allí está la historia, con fotos mías, de la familia, de lo que quedó del rancho. Hasta me pusieron en la tapa de uno con títulos en negro: “Paulina rescata a sus hermanitos de las llamas”; y en otro: “Nena de trece años arriesga su vida y salva a sus cinco hermanos”.

Mamá, en cuanto se le pasó el susto, se puso en campaña y trató de sacar alguna tajada. Lloró delante de la cámara y dijo que en pleno invierno íbamos a tener que dormir debajo de un árbol. Del rancho sólo había quedado un aro de tierra ennegrecida y de los pocos muebles, una montañita de cenizas.

Gracias a ella nos mandaron colchones, frazadas, maderas y tu abuelo pudo construir una casa decente, con una pieza para mis hermanos. “No hay mal que por bien no venga”, solía decir, con esa resignación que fue mi herencia. ¿Que si no tuve miedo? Seguro que lo tuve. Si cierro los ojos veo las llamas envolviendo el rancho, rojas, largas y afiladas como cuchillos, con la cresta oscura del humo.

Había ido al arroyo a lavar y los viejos estaban trabajando en el campo de don Cosme. Cuando me di cuenta del humo empecé a correr. Al ver que el fuego casi lamía el techo de paja, pensé que era tarde. Me pareció oír un grito y ahí fue como si un remolino de viento me empujara, era puro instinto, con todas mis fuerzas le di una patada a la puerta y entré a pesar del terror salvaje que me mordía por dentro. No sé cómo salté a través de las llamas y los saqué, salía y volvía a entrar y me acuerdo que al dejar al último sobre la tierra pisada del patio, me puse a contarlos para ver si estaban todos. A veces creo que no me pasó a mí, que quien corría a través del fuego era otra ¿de dónde podía venirme ese coraje?

En fin, la fama duró poco, pronto dejé de ser una novedad y nadie se acordó más de la pequeña heroína.

Ya estará por llegar la ambulancia, si se te hace tarde por mí no te entretengas. No te estoy echando, en eso sos igual que tu padre: yo digo una cosa y él entiende otra. La vez que nos conocimos no le di bolilla y él no paró de perseguirme. En aquel momento por mi cabeza daban vueltas muchas preocupaciones, había tenido que dejar el curso de dactilografía porque no lo podía pagar. Pero no perdí la esperanza de volver a oír el estruendo de tantas máquinas que tecleaban al mismo tiempo en el salón enorme donde estudiaba.

Después que te tuve a vos, comprendí que ese sueño no era para mí. Me conformé, como mi padre o el tuyo, me dije que algunos sólo podemos recorrer un trecho cortito de la esperanza. Así que agaché el lomo y trabajé limpiando y cocinando para otros, mientras los veía a vos y a tus hermanos crecer en los pocos ratos libres que tenía. Estaba muy cansada para disfrutarlos a ustedes, siempre con la intranquilidad de cubrir las necesidades.

Vos sabés que tu padre tiró la toalla, se embruteció con el vino y se mandó mudar. Ahora que no tiene donde caerse muerto, volvió. Al principio estuvo hecho una seda y consiguió algunas changas. En seguida mostró la hilacha de nuevo, armando un escándalo por cualquier pavada. Aguanté por costumbre, aguanté hasta hoy, que me gritó: no servís para nada, vieja de mierda. Me gritaba, sos una inútil, ni para traer unos mangos servís. Todo porque no fui a trabajar, es el reuma que no me deja ni moverme. Entonces algo me explotó por dentro, no pude bajar la cabeza y callarme. Le conté lo del incendio, que había pasado a través del fuego. Se me rió en la cara con su voz ronca de borracho. No me importó, las palabras me salían solas y le dije que le iba a refregar los recortes por la jeta. Se puso como una fiera, revoleó una silla por el aire, me la partió en la cabeza y tirada en el piso empezó a patearme. Pero me di el gusto, se lo dije.

Llegó la ambulancia, no me quedan más fuerzas. Busca los recortes, quisiera verlos de nuevo. Capaz que cincuenta años después vuelvo a salir en los diarios: “Mujer muerta a palos por su marido”. Por eso sería bueno que encuentres los recortes y se los des a los periodistas, así saben quién fui, qué hice. Y para que vos y tus hermanos tengan el orgullo de decir: mi madre fue una heroína.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Ago 25 2015, 22:35



Su rinconcito

Era su deseo y no lograba concretarlo. No en aquella época. Había que compartir, que no estaba mal: algún cuchicheo antes de dormir endulzaba el sueño. Pero tenía necesidad de un espacio, un mínimo refugio únicamente suyo.

Con el tiempo, a medida que crecía, ese anhelo se hizo acuciante. Un lugar físico que se convirtiera en algo más que un cuarto propio, como si fuera una especie de confesionario, un semillero para que germinaran cosas que ni ella sabía definir, acaso ilusiones, fantasías, algo que le permitiera sacar su canto individual.

Entonces lo armaba en cualquier sitio y lo trasladaba igual que la carpa de un circo. O lo llevaba a cuestas, como el caracol acarrea su habitáculo.

Era frágil, precario, podía surgir en los momentos menos pensados. Conseguía abstraerse de tal manera que todo lo que ocurría a su alrededor no la tocaba, abismada y protegida bajo esa campana de cristal. Y hasta elaboraba la seguridad de que nadie la veía, que era invisible, de tan lejos que se había ido.

Sin embargo, cuando mucho después obtuvo ese lugar, no fue lo mismo. Demasiadas interferencias impedían la concentración, no era como lo había imaginado. Comprobó que solucionar problemas, enfrentarse con lo concreto del día a día, la despojó de la facultad de irse a los territorios inexplorados para encontrar esa voz propia que tanto había buscado.
Ahora quedaba inmersa en las peleas de los niños, los reclamos maritales, el continuo sonar del teléfono, los bocinazos de los coches, la música frenética que escuchaba la vecinita adolescente y que irrumpían por la ventana, arremolinándole las ideas como papeles en el viento.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Ago 26 2015, 23:03



Un golpe de suerte

Se para en el umbral del salón dispuesta a todo, con la altivez y el temblor propios de la desesperación. Yergue la cabeza, adelanta los hombros pálidos y el escote corazón del vestido negro sin breteles baja unos milímetros.

Vivian se arregló cuidadosamente esa noche, acaso para comprobar que todavía atrae, que pueden mirarla dos veces. Ha combinado con pericia sombras y luces alrededor de sus ojos, para ocultar la amargura; el pelo es una nube esponjosa que atenúa las mejillas socavadas. Esta noche no caminará las calles, deteniéndose en las esquinas con una mano en la cintura y en la boca untada de rojo, una sonrisa que ya no logra sea incitante. Necesita el dinero, saldar esa deuda, sabe que dispara sus últimos cartuchos.

Quizás se equivocó al elegir el casino. Los hombres están demasiado absortos en las evoluciones del juego; sin embargo, cuando ganan quieren festejar, se sienten generosos y ella va a estar allí.

Se pasea entre las mesas, de tanto en tanto se detiene para observar. No le interesa el tipo con la frente húmeda, que cada vez que los dados ruedan sobre el paño verde se lleva a los labios un pañuelo, como si fuera un amuleto. Tampoco el de los ojos voraces: son perdedores, igual que ella.

Compra unas fichas, va hasta el bar y se acomoda en un banco alto, mirando hacia la sala. Mientras bebe a sorbos pequeños su vodka con lima, escudriña la fila de mesas más próximas. El casino está poco concurrido, es temprano todavía. Debajo de las arañas ostentosas, el ambiente se ve desteñido. Las cortinas de terciopelo, que en un tiempo fueron púrpura, están opacas por el polvo. Incluso las escasas mujeres que circulan por el salón en sus vestidos de noche, muestran un aire marchito.

Se mira en el espejo que hay detrás de la barra. Su cara es una mancha que se pierde entre las botellas de licores. Tiene la necesidad de toser, como si se estuviera sofocando. Vuelve a inspeccionar la sala y entonces repara en el hombre. No es muy alto, pero algo rotundo se desprende de su tórax. La expresión es indiferente, con los ojos entornados de alguien sigiloso. Le viene la imagen de uno de los actores que interpretara a James Bond -no recuerda el nombre- más maduro y venido a menos. Lo único que le importa es que él está ganando. Y mucho.

Se acerca a la mesa y se ubica frente al hombre. Sí, tiene un aire a ese James Bond; la constatación le resulta favorable: siempre le había gustado la astucia flemática de 007. El hecho de que esté ganando no afecta su impasibilidad y en sus gestos hay desapego, suficiencia. Vivian coloca unas fichas al azar, que en pocas vueltas se multiplican milagrosamente. Suerte de principiante, recuerda haberle oído decir a su padre, en veladas remotísimas de chinchón y escoba de quince.

Al cabo de algunas rondas el hombre hace una apuesta fuerte y pierde. Ella se inquieta al ver que la pila de las fichas empieza a bajar de un modo inexorable. Con dedos inseguros Vivian empuja las suyas sin fijarse donde las coloca, más pendiente de las que le quedan al hombre. Cuando la ruleta termina de girar el crupier le devuelve a Vivian una cantidad exorbitante de fichas. El hombre, sin vacilaciones, distribuye el resto de sus fichas, después observa con los brazos cruzados y los ojos falaces del jugador profesional. La rueda se detiene, Vivian siente un escalofrío en su espalda desnuda, como si fuese su propia vida la que estuviera en juego.

Ya no hay fichas junto a las manos del hombre, es como si todas hubiesen ido a parar delante de Vivian. Levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los de él. Una sonrisa crece en la cara del hombre, si es que se puede llamar sonrisa a ese gesto módico de los labios. Él mete una mano en el interior del saco, queda en suspenso unos segundos y vuelve a ponerla en el borde de la mesa.

Ella se desentiende de lo que ocurre a su alrededor y se concentra en recoger la montaña de fichas que ganó. Después de todo fue una buena idea venir al casino, mucho mejor de lo esperado: obtuvo lo que buscaba. Lo consiguió sola, un golpe de suerte de esos que a veces sorprenden por lo inesperado, cuando se dejó de desear y se cree que la vida es una sucesión de desgracias, de hechos incomprensibles que no dan lugar a nada más que al intento sórdido de sobrevivir.

Sostiene las fichas con las dos manos y las mece para confirmar su posesión. Se dirige a la caja, el hombre le intercepta el paso y le murmura algo al oído. Vivian lo mira y se topa con la impavidez de sus ojos y la sonrisa mínima. Lo mira casi despectiva. Una burbuja de alegría le sube por la garganta y concluye en una carcajada gozosa. Con la cabeza le hace un gesto en dirección a la salida...............
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Ago 26 2015, 23:08



........El hombre la está esperando cerca de la puerta. Ahora es distinto, es por gusto, ella elige. El desconocido vuelve a hablarle, sus frases son tan breves como la sonrisa y el tono bajo e íntimo no la defrauda. Descienden la escalera, él la toma por el brazo: podrían ser confundidos por marido y mujer o por viejos amantes, ligados a los ritos de la cortesía.

El hotel está contiguo al casino. En el vestíbulo hay un aroma dulzón a sahumerio, que apenas cubre el olor rancio de cigarrillos y encierro; a Vivian esas cosas hace mucho que han dejado de molestarle. El hombre saca la billetera y la abre: está vacía. Con un movimiento sinuoso y sin mirarlo, ella se adelanta y enfrenta al conserje.

El cuarto es inútilmente grande, allí lo que cuenta es la cama. Los silloncitos de estilo dudoso, la mesa baja con la lámpara envuelta en una pantalla rojiza, son apenas una parodia de intimidad en ese sitio transitorio. Vivian se sienta en la cama y se descalza. El hombre se para delante de ella, no está nada mal, aunque no tenga la altura de ese 007. Lo hace porque ella quiere, se repite, siguiendo con el índice el contorno de un arabesco del cubrecama, en un ademán sosegado que la tranquiliza.

Más tarde, el cuerpo del hombre tendido sobre el suyo, la empuja al quehacer mecánico de cada noche. Él tiene el mentón fuerte y los ojos siempre entrecerrados, como ranuras, en los que es imposible descifrar el color o alguna expresión. La expectativa decae en la repetición de los movimientos, en la seducción calculada. Es el antiguo mandato de complacer al otro lo que percibe Vivian, solo que esta noche se han invertido los papeles.

Nada diferente tiene lugar entre las sábanas frías, nada que ella no conozca hasta el hartazgo o la náusea. Casi de inmediato el hombre se adormila, como vencido por un cansancio insuperable. Lo mira perezosamente. Esta vez, sin ninguna prisa, se viste. Ya no lo encuentra parecido a ese actor, ni es el 007 intrépido, tan seguro en su impenetrabilidad. El interés o la curiosidad del principio han desaparecido y hasta su postura en la cama —el antebrazo cruzado sobre la cara— es el camuflaje de la derrota.

Toma su cartera y se inclina sobre él. La piel tiene la lividez del vientre de un pescado que ha empezado a descomponerse y el trazo sombrío en la axila es un dibujo obsceno en los restos de un derrumbe.
Estamos envejeciendo, dice Vivian con la voz contenida en el fondo de su garganta. Abre la cartera, saca unos cuantos billetes y los deja sobre la mesa de luz. Levanta los hombros y con paso lento camina hacia la puerta.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Jue Ago 27 2015, 22:41




Un triste sueño

Lo reconoció nada más verlo; había recorrido miles de veces sus secretos senderos, se había perdido entre el espeso aroma que emanaba de cientos de arbustos y plantas que-con suave movimiento- la invitaban a danzar, había sido ninfa y hada entre sus bellas flores al abrigo de un manto estrellado y ahora el bello paraje, tantas veces soñado, estaba ante sus ojos.
Aquel lugar era cuanto necesitaba; de naturaleza agreste, indómito, salvaje, pero también fuerte como la roca, tierno como un beso, transparente como el amante corazón, fresco como juvenil sonrisa.
Sin pensarlo ni un segundo, fue construyendo piedra por piedra, pilar por pilar el refugio que siempre ansió, sobre sólidas bases, con cariño, con solicitado esmero, infinita paciencia y amor, mucho amor, todo el amor…
Allí transcurrió su vida, llena de ilusiones, las risas llenaban cada perdido rincón del lugar, las pequeñas rendijas bebían de cada gota de deseo y placer, sus afiladas torres se iluminaban en la noche con los susurros de felices enamorados mientras sus muros se sentían abrazados por las notas de bellas melodías.
Y llegó el otoño, el invierno, y la poderosa fortaleza fue testigo de fuertes vientos, tormentas y lluviosos días, apuntando al cielo y levantando la orgullosa mirada implorando un leve rayo de sol. Fueron muchos los embates, mucho el daño sufrido pero ella sigue allí, altiva, imponente, soberbia y majestuosa, esperando el regreso de aquellos que un día vistieron sus piedras de alegres colores, sellaron con ancestrales cánticos las puertas de la ilusión.
A ella cuentan que se la ve, entre las viejas ruinas, con etéreo ropaje, danzando su amor envuelto en invisible melodía, riendo a carcajadas con su enamorada la pálida luna y bordando de tristes lágrimas la flor de su pasión

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Dom Ago 30 2015, 11:49



El despertar

Llego y entró precipitadamente a la casa, estaba nerviosa pues presentía que algo estaba a punto de estallar. De la cocina salía un delicioso olor que envolvía la estancia. Entró en la misma y vio a María que sacaba algo del horno.
- María, ¿Ha llegado ya Leonardo?
- No, pero no creó que tarde en llegar, cuando me llamo le dije a la hora que me habías dicho que querías comer.
- ¿Te ha llamado?... ¿le dijiste que me llamara?
- Si… ¿No lo ha hecho?
Rosa miro el móvil nerviosa y vio una llamada perdida de su marido, seguramente habría sido en la steticien y no se había dado cuenta hasta ese momento.
- Pues…- el sonido de un coche le corto la conversación. – …Ya esta entrando.- dudo un instante.- Dile que estoy en la piscina tomando un aperitivo… ¿Tienes algo preparado?
María sonrío con tranquilidad.
- Siempre tengo algo, anda ve y ya voy yo con algo dentro de un momento.
Rosa se sentó algo alterada en el porche que daba a la piscina, María llego al momento con una cerveza bien fresquita y un buen plato de jamón y queso.
- Gracias María.
María sonrío y entró de nuevo hacía dentro. Pasaron cinco largos minutos, para Rosa aquella fue quizás una de las esperas mas largas de su vida. Estaba dando la espalda a la puerta de acceso, mirando hacia el jardín e intentando relajarse en las aguas tranquilas y cristalinas de su piscina. Oyó pasos acercándose… pero no solo los típicos de su esposo… si no los de alguien mas, quizás fuera María para traerle a él también una refrescante cerveza… aunque tampoco sonaba a los de María…
- Rosa…- su nombre fue nombrado a la misma vez que notaba la calida mano de su amado en el hombro. Se estremeció al contacto.- …te he llamado y no me has contestado.
Rosa se levanto y se dio la vuelta. Se quedo petrificada, no lo podía creer.. Era la mujer que había descrito su “amiga” y estaba allí en su casa, con su marido… pero esa cara le sonaba muchísimo..
- Te presento a Julia, no se si te acordaras de ella.
Julia… la pesadilla había vuelto después de tantos años, otra vez ella. Noto que le subía un potente ataque de celos, un ataque que le hacía gracia pensar que resultaba ser de adolescentes… y ahora si la recordó, pero en aquel periodo en que visitaba a sus hijos no supo porque nunca la había relacionado con la “Julia de su marido”… fue la pediatra de sus cinco hijos. Entonces el subidon se le vino de pronto abajo, pues la recordaba como una mujer fiel a su marido, fiel hasta la muerte, no en vano mas de una vez había ido a su consulta con signos claros y evidentes de mujer maltratada. Moratones en los brazos, en la cara, el labio partido. Recordó con claridad una de aquellas veces en las que visito a una de sus niñas que llevaba un ojo prácticamente cerrado por un golpe, esa vez ella misma la acompaño a la sala de curas para que se lo mirasen y se lo curasen. En la sala de curas le hicieron preguntas, la examinaron delante de ella y al descubrir algunas partes de su cuerpo encontraron más moratones. Julia solo dijo que se había caído en su casa, nadie de los que se encontraban en ese momento en la sala se creyó aquella versión. Aquella noche Rosa se planteo la buena y placentera que era su vida, lo maravilloso que era su marido y se sintió intensamente afortunada. Al recordar todo aquello le dio un pinchazo el corazón, pues se acordó del albañil y de su pacto para no encontrarse, se imagino la soledad que podría haber tenido esa mujer sometida al yugo de aquella bestia… pues no podía tener ni siquiera un nombre alguien así. Se sintió culpable, pues quizás si en aquel momento no se hubiera dejado llevar por esos celos hubiese acudido a su amigo para salir de esa situación… como siempre le había contado Leonardo.. Julia era como su alma gemela, siempre había sido así.
- Rosa, cariño… ¿te pasa algo?
Rosa volvió de todos sus pensamientos, de sus reflexiones.
- No…. no me pasa nada.- pasaron unos segundos mas.- Es que me acuerdo de ella… quizás demasiado bien.- hizo una pausa.- Sobre todo porque tuve a tus cinco hijos conmigo en pediatría.
- Bueno, en realidad tengo nueve hijos… usted me ha llevado a los cinco mas pequeños.
- ¿Y su marido?.- el maltratador pensó.- ¿Cómo se encuentra?
- Murió.. Y en realidad estaba tan desesperada que lo único que se me ocurrió fue llamar a su marido.- bajo la voz, como avergonzada.- Es que antes era mi mejor amigo… siento mi atrevimiento, quizás no debería..
- Mi marido es el hombre mas maravilloso del mundo.- Sonrió al añadir.- Ha hecho muy bien en llamarle. Él a pesar de los años que han pasado ha sabido responder sin dudarlo un momento.
Leonardo se quedo algo sorprendido por las palabras de su mujer, llevaban tanto tiempo sin hablar que los halagos recibidos habían sido como un chorro de agua fresca. Miro a su mujer con ojos nuevos, llenos de esperanza, de amor, de algo que creía perdido en algún rincón de su alma. Ella le devolvió la mirada con una felicidad encontrada en unos segundos de celo y de comprensión. Aquello que pensaban evaporado y se lo había llevado el viento del olvido de alguna manera renació en sus corazones. Quizás necesitaban una chispa, un motivo, y ese motivo llevaba el nombre de Julia.
- Entonces…- dijo tímidamente Julia.
- ..Que me alegro de que haya llegado hoy a mi casa. De que haya tenido el acierto de llamar, de que este aquí para comer con nosotros.- Rosa parecía otra, había luz en sus ojos, la luz de la esperanza.- Pasemos al salón, se me ha abierto el apetito.
Los tres pasaron a un salón donde esperaban verdaderas ambrosías y disfrutaron de ellas con deleite. La velada se alargo. Por primera vez, después de algunos años, la cena la hicieron en casa. Esta fue preparada con esmero por una renovada y agradecida Julia que tenía el don de la cocina. La madrugada los pillo con una copa de champán en la mano brindando por la amistad, por la amistad verdadera. Julia se sintió arropada por aquellas dos personas maravillosas, y supo que ya nunca más estaría sola.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Sep 01 2015, 11:50



CICATRICES DEL ALMA

En un día caluroso de verano en el sur de Florida, un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró al agua y nadaba feliz. Su mamá desde la casa lo miraba por la ventana. De repente vio con horror algo que sucedería… ¡Un enorme lagarto se acercaba a espaldas de su hijo! . Corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía.

Oyéndole, el niño se alarmó, miró hacia atrás y empezó a nadar rápidamente hacia su mamá. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos… justo cuando el lagarto le agarraba, con sus afilados dientes, sus pequeñas piernas.

La mujer trataba de sacar las piernas de su pequeño con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no la abandonaba.

Un señor que pasaba por el lugar, escuchó los gritos, se apresuró hacia el muelle con una pistola y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar.

Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levanto la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remango las mangas y dijo: "Pero las que usted debe de ver son estas". Eran las marcas en sus brazos de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza …", "Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida".

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Sep 02 2015, 15:27



El desconocido

El hombre con sombrero y anteojos, apoyado en el mostrador del bar, bebe un sorbo de su vaso de vino. Está solo, ensimismado ¿en qué piensa? Se me ocurre que en su tierra lejana, quizás porque aquí yo soy la extranjera. Tiene un aire antiguo, de las primeras décadas del siglo pasado. ¿Tendrá nostalgias de su país o lo acechará el recuerdo de una mujer extraviada en las vueltas del tiempo? Hay un anhelo de amor en su perfil de moneda de plata y una trepidación en la mano que sostiene el vaso.

Lo miro e imagino su procedencia. Viajo por sobre montañas blancas y bosques de tiza; cruzo llanuras cortadas por esteros. Llego a un viñedo y sigo imaginando: una casa de piedra, el aljibe en un patio embaldosado en ocre. De la chimenea sale un hilo de humo. Mi imaginación construye una cocina colmada de estantes que contienen frascos con toda clase de especias y ollas de cobre que cuelgan de ganchos. Hay una mujer junto a la hornalla y revuelve con un cucharón de madera algo con olor a tomillo. Y el hombre se asoma, con el vaso de vino entre sus dedos, en mangas de camisa y con el sombrero puesto. Sonríe. Ha vuelto al hogar.





Por la ventana entra una luz de cristal, la escena desprende serenidad y el silencio del afecto cotidiano.
Pero estamos en el bar, el desconocido acodado en la barra mira —sin ver— la asimetría de la calle. Yo, que no pertenezco a este lugar, estoy sentada a una mesa, observo e imagino.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Vie Sep 04 2015, 13:15



Había una vez en Japón, hace muchos siglos, una pareja de esposos que tenía una niña. El hombre era un samurai, es decir, un caballero: no era rico y vivía del cultivo de un pequeño terreno. La esposa era una mujer modesta, tímida y silenciosa que cuando se encontraba entre extraños, no deseaba otra cosa que pasar inadvertida.

Un día es elegido un nuevo rey. El marido, como caballero que era, tuvo que ir a la capital para rendir homenaje al nuevo soberano. Su ausencia fue por poco tiempo: el buen hombre no veía la hora de dejar el esplendor de la Corte para regresar a su casa.

A la niña le llevó de regalo una muñeca, y a la mujer un espejo de bronce plateado (en aquellos tiempos los espejos eran de metal brillante, no de cristal como los nuestros). La mujer miró el espejo con gran maravilla: no los había visto nunca. Nadie jamás había llevado uno a aquel pueblo. Lo miró y, percibiendo reflejado el rostro sonriente, preguntó al marido con ingenuo estupor:

— ¿Quién es esta mujer?

El marido se puso a reír:

— ¡Pero cómo! ¿No te das cuenta de que este es tu rostro?

Un poco avergonzada de su propia ignorancia, la mujer no hizo otras preguntas, y guardó el espejo, considerándolo un objeto misterioso. Había entendido sólo una cosa: que aparecía su propia imagen.

Por muchos años, lo tuvo siempre escondido. Era un regalo de amor; y los regalos de amor son sagrados.

Su salud era delicada; frágil como una flor. Por este motivo la esposa desmejoró pronto: cuando se sintió próxima al final, tomó el espejo y se lo dio a su hija, diciéndole:

— Cuando no esté más sobre esta tierra, mira mañana y tarde en este espejo, y me verás. Después expiró. Y desde aquel día, mañana y tarde, la muchacha miraba el pequeño espejo.

Ingenua como la madre, a la cual se parecía tanto, no dudó jamás que el rostro reflejado en la chapa reluciente no fuese el de su madre. Hablaba a la adorada imagen, convencida de ser escuchada.

Un día el padre la sorprende mientras murmuraba al espejo palabras de ternura.

— ¿Qué haces, querida hija?, le pregunta.

— Miro a mamá. Fíjate: No se le ve pálida y cansada como cuando estaba enferma: parece más joven y sonriente.

Conmovido y enternecido el padre, sin quitar a su hija la ilusión, le dijo:

— Tú la encuentras en el espejo, como yo la hallo en ti.
.




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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Dom Sep 06 2015, 11:44





Estatua de sal

Voy caminando hacia el punto donde el sol inició su descenso, como si tuviera la certeza de que es la dirección correcta hacia el mar. O simplemente quiero darle la espalda a lo que pasó.

La arena es blanda y me hundo hasta la mitad de la pierna. La mochila pesa, contiene la botella de agua, un puñado de dátiles, tres naranjas y un chaleco, que tal vez me sirva para la noche, si el sol, la sed y la arena no terminan antes conmigo. Nunca pensé que tendría un instinto de supervivencia tan poderoso que me permitiría seguir sola, sin él. Me miro las manos: en las uñas todavía quedaron atrapados granitos de arena.

Cavar y cavar, sin permiso para las lágrimas; el sudor goteando en el hoyo las reemplaza. La sequedad del aire se me ha metido adentro y se chupó todo, hasta el dolor. No pude hacer un hueco profundo, debía ahorrar fuerzas. Lo hice rodar despacio y le tapé la cara con la bandana de algodón que le protegía la cabeza. Sus labios estaban entreabiertos y me horrorizaba la idea de que se le llenara la boca de arena. No recé ninguna plegaria, no sabía a quién dirigirla. Tan sólo dije porqué claudicaste, amor.

Me levanté y empecé a bajar por la duna. Un punto plateado se movió en el cielo: un avión. Desapareció sin sonido, el calor y el sol se tragan la vida y vomitan silencio. Fue en ese momento que decidí seguir el rumbo del avión, que se dirigía hacia el sol.

Qué animales hay en el desierto ¿alacranes, zorros, gacelas? Algún buitre vendrá desde un oasis lejano, ellos saben, por eso viven. Pero peores son los carroñeros que están en las ciudades, de esos hay que desconfiar: nosotros no lo hicimos. Nos sedujeron con su lenguaje áspero, sus turbantes de fuego y las túnicas claras. Éramos dos extranjeros y anoche, después de despojarnos, nos abandonaron. Amanecimos en un campamento vacío, tan desolado como la inmensidad que nos rodeaba. Caminamos sin rumbo. Él, con toda su fuerza y su coraje, cayó primero. Abrazó el aire y se deslizó lentamente, como si la densidad de la atmósfera lo sostuviera. No hubo ni un quejido de aviso, dejó de respirar, el calor le quemó los pulmones o le licuó el corazón.
Decido resbalar por la duna como si fuera un tobogán, después deberé subir por la siguiente. No te des vuelta a buscar con la mirada lo que dejaste atrás, como la mujer de Lot te convertirás en una estatua de sal. La voz sale de mi cabeza. Me paso los dedos por la frente húmeda y sin hablar contesto: ya me estoy convirtiendo en una estatua de sal, que de a poco se va a derretir y la arena, golosamente, me absorberá hasta la linfa y nadie sabrá que estuve aquí. Las dunas tienen vida propia, se mueven, cambian, desorientan, forman olas, son otra especie de mar, centellean como si contuvieran polvo de diamantes o de estrellas caídas. Si me diera vuelta comprobaría que mis huellas ya no están, que por aquí no pasó nadie.

El horizonte tiembla en una bruma que desdibuja la ondulación de las dunas. Bajar y ascender ¿hasta cuándo, hasta dónde? Me doy cuenta de que algo me golpea el pecho. Es la cámara de fotos que cuelga, como un relicario, de un cordoncito. Estoy por sacármela y dejársela al desierto, pero me acuerdo que tiene registrada la alegría de Casablanca, la medina de Marrakech, su sonrisa abierta en la cara bronceada.

Ahora puedo percibir que el silencio no es absoluto. Hay una casi inaudible nota sin variaciones, que vibra en el aire. La canción de las dunas. El roce de millones y millones de partículas de arena, que se susurran sus orígenes de piedras erosionadas por el dios Eolo, en sus infinitos ataques de furia.

La línea de dunas se multiplica y he agotado el último sorbo de agua, sin embargo con el sol que declina el aire es más respirable y un leve viento frontal trae lo que me parece el olor salobre del océano. ¿Acaso no son aves las manchas que vuelan alrededor de la naranja desmedida que cae aceleradamente del cielo? Tal vez un par de hileras más de dunas y veré el agua espumosa que desgasta la costa. Tal vez sea el delirio de un espejismo y sólo haya más arena y los buitres esperando.

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Vie Sep 11 2015, 15:44





Con el viento en los talones

Era un sueño que iba postergando, correr a la hora en que el sol quedase semioculto por la arboleda. Siempre tenía una excusa a mano: las piernas débiles, mis bronquios dañados en la adolescencia. En mi búsqueda del atardecer perfecto, descartaba oportunidades: hoy no, porque el cielo se manifiesta poco favorable o hace frío o está neblinoso. En esos momentos me sentía un hombre menoscabado.

Una tarde salí a caminar por los bosques, y como si siguiera una orden interior no emanada por mi cerebro, ensayé un trotecito. Los árboles comenzaron a alejarse, formando un telón de troncos móviles y el verde del follaje también huyó de mí a medida que incrementaba la velocidad. Los brazos, levemente flexionados, iniciaron un balanceo. Sin mi intervención la memoria corporal adoptó posturas que recordaba de las carreras de mi infancia. El cuerpo se volvió liviano, como si fuera de papel y me fusioné en esa tarde que se dilataba en diciembre.

Al fondo, lejos, sumido en la tintura del crepúsculo, distinguí la fosforescencia del lago. Sería mi punto de llegada, mi objetivo. Quería salir de mis pensamientos, esos cazadores furtivos que me acechaban con sus trampas. Quería ser sólo músculos, tendones, nervios, sangre que pulsa en las arterias, pura respiración, órganos que se acomodan para facilitar la carrera, igual que los pasajeros de un ómnibus repleto o los feligreses de un templo en Navidad. Eso quería.

Empecé a notar la falta de entrenamiento y resurgió la antigua lesión pulmonar. Sin embargo, mientras duró el impulso, el mundo fue el sudor que humedecía la piel, fueron los pies hostigando las hierbas, las aletas de la nariz que se ensanchaban, las pestañas procurando desalentar el lagrimeo que el viento provocaba al golpearme los ojos.

Olvidé los ansiolíticos, aquello que no tenía solución o que yo no se la encontraba. De materia inerte me había transformado en carne viva al servicio de sensaciones primordiales.

Tuve que aflojar la marcha, no podía construir un cuerpo nuevo en pocos minutos.

Entonces lo vi. Corría en un sendero paralelo, era apenas una silueta que aparecía y desaparecía entre los troncos. Por observarlo casi perdí el equilibrio; él también me miró y vislumbré un brillo avaricioso en su mirada.

Los pulmones ronronearon como un acordeón asmático y las pantorrillas crecieron en rigidez. Aminoré el paso y la sombra también lo hizo. Me di un rápido masaje en los gemelos y volví a correr de un modo tambaleante. Cada tanto giraba la cabeza hacia el otro lado de los árboles.

Una segunda silueta apareció, se unió a la primera y la agrandó en una mancha inconstante. La contracción en el estómago me previno del peligro. Las sombras se separaron y una se adelantó, iniciaron un movimiento de tenaza. Quedé en el medio.

No pude llegar al lago ni cumplir mi objetivo. Bajo los golpes caí como un títere fracturado.

Ahora sólo me resta imaginar, con los ojos viejos de recuerdos. Me hubiera gustado nacer con el viento en los talones.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Sáb Sep 12 2015, 16:09



El cuentero.

Cuando Arturo dejó de venir por el bar de Fabio, no nos preocupamos demasiado. En los últimos tiempos era común que faltase durante algunas semanas. Volvía con un aire febril, vacilante, pero con el repertorio de las historias que nos contaba, renovado. Al cabo de varios meses de ausencia la esperanza de que regresara se convirtió en una costumbre más. Sin embargo, no podía desprenderme del asombro y de la rabia de que se hubiera ido así, como escapando.

La primera vez que apareció en lo de Fabio captamos en seguida que era distinto. No se recostaba en la resignación como nosotros, algo incomprensible lo consumía. Se acodó en la barra con una copa de coñac en la mano, Fabio le preguntó si era nuevo en el barrio. Él dijo que había vuelto de un largo viaje y que su última parada fue Montevideo. Fabio, que es uruguayo, se entusiasmó y le hizo montones de preguntas. Con nuestro perpetuo aburrimiento a cuestas, empezamos a prestar atención, porque Arturo estaba relatando sobre un asunto turbio en el que se había visto envuelto en su paso por Montevideo.
Lo invitamos a la mesa. A partir de esa noche se sentó siempre en el mismo lugar, y mientras giraba la copa entre los dedos cautelosos, nos introdujo en sus historias.

Sus gestos y algunas de sus frases, se me grabaron a fuego. Hablaba bien Arturo. Había viajado por medio mundo; su vida parecía la de un Phillipe Marlow rioplatense, siempre metido en algo oscuro, excitante. Hicimos conjeturas sobre su identidad o su trabajo, sin embargo no le preguntamos nada. Hubo un acuerdo tácito, tal vez para preservar el círculo que formábamos los cinco alrededor de la mesa del café.

Intenté rememorar la cara, el aspecto de Arturo. Pero sus facciones y su cuerpo ya se habían desdibujado. El peso de su presencia recaía en los relatos, en el tono de su voz, profunda, rica en matices y lo suficientemente sonora como para que Fabio, detrás del mostrador, no se perdiera palabra. Recuerdo sus descripciones, mínimas pero certeras; las pausas oportunas acentuaban el misterio. Arturo dominaba a la perfección el arte de narrar.

Casi en seguida apareció con una mujer. Nora, nos dijo, mientras hacía un gesto hacia ella. Comenzó a venir a menudo; se quedaba junto a la barra, fumando interminables cigarrillos, silenciosa y distante.




Una noche, idéntica a cualquier otra después de la partida de Arturo, llegué al bar de Fabio a la hora habitual. Al rato la charla se llenó de agujeros: no éramos de conversación fácil, nosotros. Sólo por decir algo, pregunté si se acordaban del lío en el que se había involucrado Arturo en el tren que iba de New York a Boston. Cada uno tenía una versión diferente del episodio. Yo tampoco lo recordaba bien, en realidad lo había sacado a relucir para matar el tedio, así hubiese dicho Arturo.

Con placer comprobé que los otros pendían de mis palabras. Mezclé anécdotas que él nos había contado y le agregué situaciones que se me ocurrían sobre la marcha. Así refloté sus historias y descubrí la embriaguez de la improvisación y me dejé arrastrar por lo que narraba, como si lo estuviese viviendo.

Al poco tiempo, tal vez por esa intuición que las mujeres tienen, Nora reapareció por el bar. Arturo también se había deslizado, igual que una sombra, fuera de su vida y de su casa. Llegó en la mitad de una historia en la que Arturo escapaba de unos traficantes en Cartagena. Interrumpí el relato. La observé de reojo, me distraje y sentí que era un ladrón de vidas ajenas. Los demás, molestos, me apuraron para que continuara.

Con una habilidad, de la que fui el primero en sorprenderme, terminé la aventura de manera tal que la empalmé con otra, más modesta, en la que el protagonista era yo. La vuelta de Nora fue un incentivo. Me dirigí exclusivamente a ella, con el fin de deslumbrarla.

No dejó de venir una sola noche. Me esmeré, seleccionando las palabras y manteniendo ciertas pausas, como había aprendido de Arturo. Al terminar la historia, la miraba con una especie de alivio por saberla allí, y me topaba con sus ojos fenicios. Arturo los habría descripto así, por lo astutos, inescrutables.

Unas semanas después me pidió que la acompañara a su casa. Me invitó a pasar y trajo una botella y vasos. Nos unían los gestos lentos de levantar los vasos, bajarlos, estirar la mano hacia la botella. El silencio era parte de la liturgia. Nuestras miradas se cruzaron: la mía furtiva, la de Nora ardua, apremiante. Pronto la botella quedó vacía; ella se acercó, se inclinó por encima de mis hombros y me rodeó con sus brazos.




En el bar de Fabio ocupé la silla de Arturo. Cambié la cerveza por el coñac, que el resto terminó pagándome, como antes habíamos hecho con Arturo. También heredé a Nora y una tarde mediterránea —como él definía esas tardecitas donde todo toma el color azul violeta del cielo—, me mudé a la casa de ella.

Cada noche en lo de Fabio, percibía la impaciencia con que me estaban esperando y confirmaba mi gravitación en el reducido cosmos del bar. Sin embargo, con el tiempo, empecé a despertarme con una sensación de vacío y postergaba el momento de elaborar una nueva trama. Reduje la cantidad y la calidad de las historias; se me hacía más y más difícil encontrar qué contar. Entre el fin de un relato y el inicio de otro se establecieron silencios penosos. El primer comentario desfavorable lo hizo Fabio. Mientras servía unos cafés me dijo, categórico, que el desenlace de esa aventura lo había previsto desde el inicio: era muy similar al de los estafadores de Río de Janeiro. Y si el relato se alargaba innecesariamente aparecían los gestos de decepción, los tamborileos sobre la mesa o los pobres intentos de disimular un bostezo.

Espacié mis idas al bar. Laboriosamente urdía historias que terminaba por descartar, una tras otra. Iba al puerto, miraba, los barcos, los remolinos en el agua, hasta no ver más que grandes manchas grises. Me quedé horas enteras sentado en algún cajón y traté de componer los avatares del marinero con el gorro de lana o de aquel otro con la larga cicatriz en la frente. Sólo conseguía armar segmentos de historias que no alcanzaba a redondear, porque prevalecía la impresión de que ya habían sido demasiadas, que todo era una repetición fraudulenta. Dormía poco y en mi cara se reflejó la devastación, producto de mi empecinamiento. Por dentro me creció algo áspero, que no daba tregua. Y esa impotencia me acercaba a Arturo.

Mi última historia la forjé con minuciosidad. Estábamos los de siempre, más el nuevo: hacía poco se había acercado a la mesa, ocupando mi antiguo lugar. Tímidamente, nos anticipó que tenía unas cuantas anécdotas de la época en que todavía hacía viajes con el camión.

Terminé casi de madrugada. Los otros, absortos, contemplaban el fondo de sus vasos. Nora, desde la barra, me miró y en sus ojos había como un velo de lluvia. No se dieron cuenta cuando me levanté y salí.
Caminé sin apuro, demorándome en las huellas de la noche. Mis pies se movían por cuenta propia y se alejaban del bar de Fabio. Me condujeron fuera del barrio, en una búsqueda dolorosa que presentí interminable, hacia otros barrios, otros bares y otras caras en círculo alrededor de una mesa.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Dom Sep 13 2015, 15:46



Tempus

Me levanto y espero. Me siento y duermo. Voy a la cama y es el insomnio. Un tiempo circular de acciones, la mayoría absurdas, robóticas.

Por las mañanas me doy cuerda para durar todo el día. A la noche —los ojos abiertos a las sombras— me percibo con una dosis vivificante de locura.

Hay que ser un poco loco para querer captar lo que está más allá de la mímica cotidiana, aquello que no se ve y apenas se intuye. Poder apartarse de lo trivial y establecer el nexo con ese espacio interno que tiene sus propias regulaciones, muchas veces a contramano de la zona de confort.

Soy de andar por carriles raros. O diferentes. Lo escuché desde la infancia: tu sei strana, decían en casa. Yo me escapaba al huerto de los sapos y los grillos y les construía nidos a los pájaros en las ramas del limonero, para que no me abandonaran.

En esa época tenía un lugar real; entre la hierba y los canteros aprendí de la vida y la muerte. La vida se abría tímida y la muerte me golpeaba en las alas tiesas, sin vuelo, de un gorrión o en el gatito de pocos días, ciego, helado.

Un día ese jardín dejó de existir. Entonces diseñé otro sólo para mí, en donde me instalo las veces que lo necesito. No siempre está verde; como en el de Marosa*, también crecen las mandrágoras. En las épocas claras planto margaritas: su ojo de sol y sus dedos de luna me conectan con la epifanía del cosmos.

Allí me olvido de darle cuerda a mi reloj anacrónico, de los dramas de aquellos que golpean mi puerta como si fuese el Oráculo. Mis respuestas se han vuelto inútiles, huecas. Nadie quiere oír el verbo cambiar. Hay días que yo tampoco, y es cuando cada acto pierde sentido.

Me siento y ya no espero. Descanso de un cansancio que llevo como polvo en los huesos. Sueño con lo que perdí y gané. Nunca hago balances, darían en rojo. Miro las flores que se han secado, digo: levantate, estás viva, tenés un huerto que cultivar.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Lun Sep 14 2015, 16:08



Me siento invisible me decía un buen amigo

A veces paso totalmente desapercibido, aunque este sentado en la misma mesa con otra gente, siento como que todo pasa por delante, que podría no estar y así y todo seria igual. A veces me levanto de la mesa  y me voy al baño, no porque tenga ganas sino para observar si hay algún cambio en la mesa cuando yo no estoy, y lo que puedo observar es que todo sigue su rumbo y no se modifica en nada la disposición o la conversación de la mesa. Si lo he observado cuando se levanta otro, que se hace un silencio o se acaba el tema, yo pudo estar o no que nada varía. Eso me destruye, cuando quiero decir algo veo que no hay una buena recepción por parte de los demás. no se, perdí el norte, y mi vida quedo a un costado, ciego mirando el todo y sintiendo su lejanía a pesar de estar a dos centímetros de fiestas, todo pasa de largo, nada les doy, todo lo exijo, me tienen que amar, cuidar, respetar, escuchar, pero cuando no me joden como a otros siento su lejanía.

Y es cierto hoy en día tienes que ser alguien sobresalir por algo o chillar mas que el otro para ser escuchado

Brillar con luces propias o ajenas para ser visto

Hay mucha gente que tiene mucho que decir y no lo hacen porque saben que no se les va a escuchar

En cambio a otros que son los realmente incultos pero tienen garra son a los que se les oye y llevan la voz cantante

Saber hablar lo aprende cualquiera, el saber escuchar no pues se requiere mucha inteligencia para aprenderlo


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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Mar Sep 22 2015, 15:50



El despertar

Llego y entró precipitadamente a la casa, estaba nerviosa pues presentía que algo estaba a punto de estallar. De la cocina salía un delicioso olor que envolvía la estancia. Entró en la misma y vio a Maríque sacaba algo del horno.
- María, ¿Ha llegado ya Leonardo?
- No, pero no creó que tarde en llegar, cuando me llamo le dije a la hora que me habías dicho que querías comer.
- ¿Te ha llamado?... ¿le dijiste que me llamara?
- Si… ¿No lo ha hecho?
Rosa miro el móvil nerviosa y vio una llamada perdida de su marido, seguramente habría sido en la steticien y no se había dado cuenta hasta ese momento.
- Pues…- el sonido de un coche le corto la conversación. – …Ya esta entrando.- dudo un instante.- Dile que estoy en la piscina tomando un aperitivo… ¿Tienes algo preparado?
María sonrío con tranquilidad.
- Siempre tengo algo, anda ve y ya voy yo con algo dentro de un momento.
Rosa se sentó algo alterada en el porche que daba a la piscina, María llego al momento con una cerveza bien fresquita y un buen plato de jamón y queso.
- Gracias María.
María sonrío y entró de nuevo hacía dentro. Pasaron cinco largos minutos, para Rosa aquella fue quizás una de las esperas mas largas de su vida. Estaba dando la espalda a la puerta de acceso, mirando hacia el jardín e intentando relajarse en las aguas tranquilas y cristalinas de su piscina. Oyó pasos acercándose… pero no solo los típicos de su esposo… si no los de alguien mas, quizás fuera María para traerle a él también una refrescante cerveza… aunque tampoco sonaba a los de María…
- Rosa…- su nombre fue nombrado a la misma vez que notaba la calida mano de su amado en el hombro. Se estremeció al contacto.- …te he llamado y no me has contestado.
Rosa se levanto y se dio la vuelta. Se quedo petrificada, no lo podía creer.. Era la mujer que había descrito su “amiga” y estaba allí en su casa, con su marido… pero esa cara le sonaba muchísimo..
- Te presento a Julia, no se si te acordaras de ella.
Julia… la pesadilla había vuelto después de tantos años, otra vez ella. Noto que le subía un potente ataque de celos, un ataque que le hacía gracia pensar que resultaba ser de adolescentes… y ahora si la recordó, pero en aquel periodo en que visitaba a sus hijos no supo porque nunca la había relacionado con la “Julia de su marido”… fue la pediatra de sus cinco hijos. Entonces el subidon se le vino de pronto abajo, pues la recordaba como una mujer fiel a su marido, fiel hasta la muerte, no en vano mas de una vez había ido a su consulta con signos claros y evidentes de mujer maltratada. Moratones en los brazos, en la cara, el labio partido. Recordó con claridad una de aquellas veces en las que visito a una de sus niñas que llevaba un ojo prácticamente cerrado por un golpe, esa vez ella misma la acompaño a la sala de curas para que se lo mirasen y se lo curasen. En la sala de curas le hicieron preguntas, la examinaron delante de ella y al descubrir algunas partes de su cuerpo encontraron más moratones. Julia solo dijo que se había caído en su casa, nadie de los que se encontraban en ese momento en la sala se creyó aquella versión. Aquella noche Rosa se planteo la buena y placentera que era su vida, lo maravilloso que era su marido y se sintió intensamente afortunada. Al recordar todo aquello le dio un pinchazo el corazón, pues se acordó del albañil y de su pacto para no encontrarse, se imagino la soledad que podría haber tenido esa mujer sometida al yugo de aquella bestia… pues no podía tener ni siquiera un nombre alguien así. Se sintió culpable, pues quizás si en aquel momento no se hubiera dejado llevar por esos celos hubiese acudido a su amigo para salir de esa situación… como siempre le había contado Leonardo.. Julia era como su alma gemela, siempre había sido así.
- Rosa, cariño… ¿te pasa algo?
Rosa volvió de todos sus pensamientos, de sus reflexiones.
- No…. no me pasa nada.- pasaron unos segundos mas.- Es que me acuerdo de ella… quizás demasiado bien.- hizo una pausa.- Sobre todo porque tuve a tus cinco hijos conmigo en pediatría.
- Bueno, en realidad tengo nueve hijos… usted me ha llevado a los cinco mas pequeños.
- ¿Y su marido?.- el maltratador pensó.- ¿Cómo se encuentra?
- Murió.. Y en realidad estaba tan desesperada que lo único que se me ocurrió fue llamar a su marido.- bajo la voz, como avergonzada.- Es que antes era mi mejor amigo… siento mi atrevimiento, quizás no debería..
- Mi marido es el hombre mas maravilloso del mundo.- Sonrió al añadir.- Ha hecho muy bien en llamarle. Él a pesar de los años que han pasado ha sabido responder sin dudarlo un momento.
Leonardo se quedo algo sorprendido por las palabras de su mujer, llevaban tanto tiempo sin hablar que los halagos recibidos habían sido como un chorro de agua fresca. Miro a su mujer con ojos nuevos, llenos de esperanza, de amor, de algo que creía perdido en algún rincón de su alma. Ella le devolvió la mirada con una felicidad encontrada en unos segundos de celo y de comprensión. Aquello que pensaban evaporado y se lo había llevado el viento del olvido de alguna manera renació en sus corazones. Quizás necesitaban una chispa, un motivo, y ese motivo llevaba el nombre de Julia.
- Entonces…- dijo tímidamente Julia.
- ..Que me alegro de que haya llegado hoy a mi casa. De que haya tenido el acierto de llamar, de que este aquí para comer con nosotros.- Rosa parecía otra, había luz en sus ojos, la luz de la esperanza.- Pasemos al salón, se me ha abierto el apetito.
Los tres pasaron a un salón donde esperaban verdaderas ambrosías y disfrutaron de ellas con deleite. La velada se alargo. Por primera vez, después de algunos años, la cena la hicieron en casa. Esta fue preparada con esmero por una renovada y agradecida Julia que tenía el don de la cocina. La madrugada los pillo con una copa de champán en la mano brindando por la amistad, por la amistad verdadera. Julia se sintió arropada por aquellas dos personas maravillosas, y supo que ya nunca más estaría sola.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Sep 23 2015, 15:35





Su manera de amar
Por Liana Castello -

Atrás habían quedado los días en los que él le decía cosas que ella deseaba escuchar, necesitaba escuchar.

Los comienzos de su relación habían sido felices, plenos de hermosas palabras dichas y escritas también. Con el devenir de los años, esas palabras se habían ido esfumando hasta desaparecer.

Muchas veces ella se preguntó si él la seguía amando y otras tanto –cuando encontraba coraje- se lo preguntaba.

Él le respondía sorprendido, como si fuese una pregunta que no hiciera falta hacer. Sin embargo, para ella sí era necesario preguntar y más necesario aún, escuchar la respuesta que él tuviese para darle.

Los años juntos habían tenido sus vaivenes, pero siempre se habían mantenido unidos, a pesar de los silencios.

Muchas veces, el día a día no daba lugar a las palabras o a las expresiones de amor. Pasaban el tiempo entre quehaceres y obligaciones, hijos que criar, cuentas que pagar y cada día terminaba con ese silencio que cada vez, se le hacía más doloroso.

¿En qué momento se habían callado las palabras? ¿En qué momento el silencio lo había devorado todo?

Hacía tanto tiempo de esos tiempos que ella recordaba, que en algún momento comenzó a pensar que su memoria la estaba traicionando. El tiempo suele ser piadoso con los recuerdos y les da un color que tal vez nunca tuvieron. Y así como se recuerda mejor a ciertas personas cuando ya no están, ella temía estar recordando ese amor mejor de lo que había sido en realidad.

El amor va cambiando sus formas así como las personas vamos mutando con el tiempo. Y así como cada uno de nosotros somos siempre nosotros, por diferentes que el tiempo nos haga, el amor puede ser siempre el mismo, aunque se exprese de una manera diferente.

Ella estaba tan empeñada en “escuchar” que no se daba cuenta de las cosas que tenía que “ver”

Y a él no le era fácil hablar de sus sentimientos, pero no le era difícil demostrarlos con hechos.

No era su costumbre comprarle flores, pero cada mañana, antes de irse a trabajar, le dejaba un té preparado tal como a ella le gustaba. No solía preguntarle por su trabajo, pero podía pasar horas ayudándola con algo que le costase resolver. Casi nunca la elogiaba, pero tampoco pretendía que se pusiera linda para él, precisamente porque él la quería así como era, sin maquillaje.

Cierto día, ella subió al auto y se dio cuenta que él había sintonizado la radio que ella siempre escuchaba en su casa, desde hacía años, la única en realidad. Una radio que a él no le gustaba demasiado. Ese simple gesto le llamó la atención y desde ese día, cada vez que subía al auto, “escuchaba” esa hermosa demostración de amor. El ponía para ella esa radio cuando viajaban juntos.

Se detuvo a pensar entonces cuántas tazas de té él le había dejado preparadas, cuántas veces había dejado de hacer lo que estaba haciendo para ayudarla con su trabajo, cuántas veces le había dicho te amo sin decírselo.

Desde ese día, el silencio empezó a dolerle un poco menos, encontró palabras en los hechos, encontró “te quieros” en gestos simples e inmensos a la vez.

Y hubo un maravilloso día en que ella volvió a sentirse querida, un inolvidable día en el que no dudó de sus sentimientos, porque por fin entendió en su corazón que más allá de los silencios, él se expresaba con esos gestos amorosos y que ésa, ni más, ni menos que su manera de amar.

Y aprendió lo que debió saber siempre, que hay muchas formas de amar e infinitas otras de decir te quiero
.
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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Miér Sep 23 2015, 23:06



LA NIÑA Y EL PÁJARO ENCANTADO

Era una vez una niña que tenía un pájaro como su mejor amigo.
El era un pájaro diferente de todos los demás: estaba encantado.
Los pájaros comunes, si la puerta de la jaula queda abierta,
se van para nunca más volver.

Pero el pájaro de la niña volaba libre y volvía cuando sentía nostalgias...
Sus plumas también eran diferentes.
Cambiaban de color.
Eran siempre pinceladas por los colores de los lugares extraños y
lejanos por donde volaba.
Cierta vez regresó totalmente blanco, su cola enorme con plumas
suaves como el algodón...
“-Niña, yo vengo de las montañas frías y cubiertas de nieve, donde
todo es maravillosamente blanco y puro, brillando bajo la luz de la luna.
Nada se oye a no ser el barullo del viento que hace romper el hielo
que cubre las ramas de los árboles.

Traje,en mis plumas,un poco de encanto que yo ví, como regalo para ti...”
Y así él comenzaba a cantar las canciones y las historias de aquel
mundo que la niña nunca vería hasta que ella se dormía y soñaba
que volaba en las alas del pájaro.
Otra vez volvió rojo como el fuego, con un penacho dorado en la cabeza.
“-Vengo de una tierra quemada por la sequía, tierra caliente y sin agua,
donde los grandes, los pequeños y los animales sufren la tristeza del sol
que no se apaga.

Mis plumas quedaron como aquel sol y yo traigo las canciones tristes
de aquellos que gustarían oír el ruido de las cascadas y ver la belleza de
los verdes campos... y de nuevo comenzar las historias.
La niña amaba aquel pájaro y podía oírlo sin parar, día tras día.
Y el pájaro amaba a la niña y por eso siempre regresaba.
Pero siempre llegaba la hora de la tristeza.
“-Tengo que irme”, decía él.“- Por favor, no te vayas.
Me quedo tan triste. Me salen las nostalgias. Y voy a llorar...
" y la niña le daba un besito" Yo también tendré nostalgias, decía
el pájaro, yo también voy a llorar.

Pero te voy a contar un secreto: las plantas necesitan de agua,
nosotros necesitamos del aire, los peces necesitan de los ríos...
y mi encanto necesita de la nostalgia.
Es aquella tristeza que, en la espera del regreso,hace que mis plumas
queden bonitas.
Si yo no me fuera no habría nostalgias.
Dejaría de ser un pájaro encantado. Y tu dejarías de amarme.
Así, él partió. La niña, solita, lloraba de tristeza por la noche,
imaginando que el pájaro regresaría.
Y fue una de esas noches que ella tuvo una idea malvada:
-Si yo lo metiera en una jaula, él nunca más se iría.
Será mío para siempre.

Nunca más tendré nostalgia y seré feliz...”
Con estos pensamientos compró una linda jaula, de plata, propia para
un pájaro que se ama mucho.
Y se puso a la espera. Finalmente llegó él, maravilloso con sus nuevos
colores, con historias diferentes para contar.
Cansado por el viaje, se durmió, fue cuando la niña, con cuidado para
que él no despertara, lo metió en la jaula.
Y se durmió feliz, se despertó en la madrugada por un gemido del pájaro...
-Ah nenita...! ¿Qué es lo que hiciste?
Mira,el encanto se rompió, mis plumas se harán feas y yo me olvidaré
de las historias...
Sin las nostalgias, el amor morirá, la niña no creyó.
Pensó que él terminaría por acostumbrarse.
Pero no fue esto lo que sucedió, el tiempo iba pasando y el pajarito
iba quedando diferente.

Se le cayeron las plumas y el penacho, los rojos, los verdes y los
azules de las plumas se transformaron en un color cenizo y triste.
Y llegó el silencio: dejó de cantar.
También la niña se entristeció, aquel no era el pájaro que ella amaba.
Y de noche ella lloraba, pensando en aquello que le había
hecho a su amigo...
Hasta que no aguantó más y abrió la jaula de la puerta...
-Puedes salir,pajarito. Regresa cuando tú quieras...
“-Gracias,niña. Eso es, yo tengo que partir. ss necesario partir
para que las nostalgias lleguen y yo tenga voluntad de regresar.
Lejos,en las nostalgias,muchas cosas buenas comienzan a crecer
dentro de la gente.
Siempre que tu tengas nostalgias yo me haré más bonito.
Siempre que yo tenga nostalgias tú te volverás más bonita.
Y te arreglarás para esperarme...y partió.

Voló y voló, para lugares distantes. La niña contaba los días y cada día
que pasaba las nostalgias crecían.
-¡Qué bien!- ella pensaba. “Mi pájaro vuelve a quedar encantado de nuevo...”
y ella iba al guardarropa, escogía vestidos, se arreglaba el cabello y
ponía una flor en la jarra...
“-Nunca se sabe. Puede ser que él regrese hoy...”
Sin que ella se diera cuenta, el mundo entero fue quedando encantado,
como el pájaro.
Porque en algún lugar él debería estar volando y de algún lugar tendría
que regresar.
Ah! Mundo maravilloso, que guardas en algún lugar secreto el pájaro
encantado que se ama...
Y fue así que ella, cada noche se iba a la cama, triste de nostalgias,
pero feliz en el pensamiento:
“-Quien sabe si él regresará mañana...”Y así dormía y soñaba con la
alegría del reencuentro.
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fabiolaselene_

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

Mensaje por fabiolaselene_ el Lun Oct 12 2015, 22:39



Un collar de lágrimas

Qué modo de mí se refleja esta tarde en la lluvia, derrama sus joyas heladas que abanican la liquidez del asfalto, se encharcan y se disuelven.

Como yo, hoy.

Nubes de palabras quisieran gotear, pero se quedan al resguardo, mudas, calentitas en el cuaderno.

Como yo hoy.

Qué modo de mí calla, acumula avaramente las sonrisas desplegadas por Las Tres Gracias, mientras danzan en su jolgorio mitológico.

Una alegría que brota como el agua del cielo, cae y, paradójicamente, permanece adentro, adherida a mis paredes.

Pero es la alegría de una lágrima dura, engarzada como perla en las pestañas. No quiere perderse piel abajo en un collar de lujo que no es mío. Y se queda, para no correr el riesgo de licuarse, igual al granizo en mi balcón.

En algún momento tendrá que salir el sol de una sonrisa, ahora sería tan estereotipada como la felicidad coca cola de Norman Rockwell o de la rubia de dientes publicitarios.

Qué modo de mí aprisiona la alegría y la convierte en un pan después de una huelga de hambre.

No puedo pintar ni escribir alegría, apenas consigo trazar los garabatos en esta hoja, nombrar el collar de lágrimas, la lluvia inundando los nidos de los pájaros. Incoherencias que son el hilo que enhebra el collar.

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fabiolaselene_

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Re: Historias de ayer,de hoy de mañana

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